Un retiro de cuatro meses
Aunque le cambié el nombre por respeto a la persona, esta historia es real. Creo que más de un dominicano viajante podrá identificarse con ella y confirmarla. Medina se fue a los Estados Unidos a principio de los 80. Cuando consiguió la visa, en su barrio hubo fiesta, sus amigos y vecinos desfilaron por la sala de su casa para celebrar, despedir y encomendar; cuando habla de aquel momento sus ojos se quedan suspendidos en el aire y se le dibuja una sonrisa en el rostro. Estamos los dos sentados en una marquesina y mientras me cuenta la historia de los últimos treinta años de su vida sus ojos recorren la marquesina de la casa en que estamos sentados, es como si algo le molestara, como si se sintiera extraño, luego vuelve a recordar y sus ojos se suspenden otra vez. —Yo siempre supe que el dinero estaba en otra parte, que este país es para unos cuantos. El que se queda, puede trabajar para vivir, pero no para estar tranquilo. Intenté primero irme a Venezuela —me cuenta—, pero siempre estaban las historias de lo peligroso que era llegar, disque había que caminar mucho a pie por una selva y me metí en miedo. El papeleo americano era más caro, pero más seguro. Por lo menos se llegaba en avión y no había que coger tanta lucha.
Rafael Pérez